VII

El otoño llegó mientras se trenzaba el cabello, mientras amamantaba al ciervo dormido. Se coló entre sus huesos quebrando los nidos, ahuyentando las arañas que dormitaban en su sexo. Y los caballos, en los lejanos prados, corrían desbocados con el viento azotando sus crines. Tú la mirabas. La observabas desde tu torre como si ante tus ojos naciera una ninfa, la reina de un lago de hojas secas. Te mordías los labios y sentías que mordías su pecho. Que como el ciervo, te alimentabas de ella… con ella. Pero el hambre seguía ahí, acechando bajo la piel… sacudiendo el corazón… agitando los miembros.