IV

El impulso irrefrenable de convertir en poesía todo aquello que nos hiere, con la esperanza de que acabe durmiendo sobre nuestros muslos igual que lo haría un gato.

De destruir el miedo como quien construye versos, con el mismo dolor y el mismo amor.

Como quien ve alejarse al fantasma sin sentir ya el frío recorriendo su espalda, sin reconocerse en él porque ahora no hay algas aferrando sus tobillos, grilletes húmedos y verdes que le sometan a la inutilidad de anteponer el resguardarse del temor, a la vida.

Así quiero yo crear poemas. A pecho descubierto. Con la luna palpitando en mi costado, entre esos dos lunares semejantes a estrellas, y susurrando que cada palabra es una luz en mitad de la niebla. Mi niebla.

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